Los principios pedagógicos del currículum 2017 ¿Por qué al leerlos los pensamos-sentimos como lo mismo?


Los Principios pedagógicos del Modelo Educativo del 2017, indican que para “…que el docente consiga transformar su práctica y cumpla plenamente su papel en el proceso educativo al poner en marcha los objetivos…” contará con algunos criterios que guiarán su práctica los próximos años.  Son 14 principios propuestos:

  1. Reconocer al alumno como parte esencial y razón de ser de nuestra práctica docente. 
  2. Tener en cuenta los saberes previos del alumno.
  3. Diseñar situaciones didácticas que propicien el aprendizaje situado.
  4. Reconocer la naturaleza social del conocimiento.
  5. Dar un fuerte peso a la motivación intrínseca del estudiante.
  6. Favorecer la cultura del aprendizaje.
  7. Ofrecer acompañamiento al aprendizaje.
  8. Reconocer la existencia y el valor del aprendizaje informal.
  9. Promover la relación interdisciplinaria. 
  10. Entender la evaluación como un proceso relacionado con la planeación.
  11. Superar la visión de la disciplina como mero cumplimiento de normas
  12. Modelar el aprendizaje
  13. Mostrar interés por los intereses de sus alumnos.
  14. Revalorizar y redefinir la función del docente

Y pensando en esclarecer teóricamente cada uno, tornándolos un ámbito de ideas que a su vez abran a otras para reflexionar (en vez de  memorizarlos y repetirlos, confundiendo sus nuevos sentidos con los anteriores) sospecho, que todos se implican, y que todos nos llevan a pensar en el reto de la  “formación de sujetos”, campo vasto, pues ahí convergen los esfuerzos de inter-multipli-intradisciplinas de la  educación, que se encuentran y dan a esta discusión sentidos y problemas, que toda persona que se dedica a la formación de personas,  necesita explorar.

Podemos reconocer que todos los principios afirman esa prioridad de reconocer al alumno, a quien debemos pensar como la razón esencial de nuestro hacer formativo y en verdad, es un criterio poderoso, y debería ser una fuerza movilizante  de nuestra práctica docente cualquiera que ésta sea.  Pero, considero que la fuerza inyectada en estas palabras, se ve severamente amenazada por nuestra cultura educativa, fincada más en un deber ser, y no en la realidad, pues existe un espacio abismal entre este buen deseo y lo que pedagógicamente es posible hacer.

¿Por qué se plantea lo anterior?  El discurso pedagógico se caracteriza por un “deber-ser-esperado”, instalado en nuestro discurso profesional que nos ajusta a todo contexto institucional, por ello, está saturado de reglas, de fines, de deberes profesionales  tanto escritos como los que responden a los usos y costumbres de la    vida escolar; los mismo nuestro curriculum, es una pieza eminentemente normativa,  profundamente instituyente que nos demarca un horizonte de tareas por las cuales avanzar inevitablemente, y para lograrlo debemos amoldarnos a sus tiempos, sus enfoques, sus normas, sentidos, etc.  Así, todos nos orienta a que tanto nuestro discurso, nuestras prácticas, el sentido curricular, vayan tras un “deber ser”, hacia “un futuro” que es posible se revele en el devenir del tiempo, si todo le es la favorable.

Sin embargo, la realidad impone sus ritmos, sentidos, graves problemas que nos avisan que algo no está bien y que es urgente instalar una educación que nos rescate de los futuros inciertos que ya se dibujan en el panorama social.  Por tanto, la educación, su discurso y prácticas, son parte de esta tarea del cambio, de la remodelación del aquí y ahora, y esta idea de procurarnos un mejor futuro, nuevas oportunidades, la vuelve un proceso profundamente deontológico[1] es decir, se caracteriza por un “deber ser” que de entrada confisca la mirada, se compromete hacia el nuevo futuro y se vale de todo aquello lo garantice, volviéndose, invariablemente institucionalizada, regulada.

Cómo profesores formados en una Escuela Normal, estamos familiarizados con lo anterior, tenemos al respecto un “un-saber-no-sabido”, es decir, sabemos, sin necesidad de  lenguajearlo (pues podría liberarlo),  que la educación es para mejorar, cambiar, renovar, progresar, y esto se nos instaló desde que fuimos estudiantes, en la Normal nos adentramos por sentidos pedagógicos idealistas y era normativo conocerlos, repetirlos; cuando llegamos a la real-realidad quisimos instalarlos pues ya eran parte de un “deber-ser-profesional”, y pese a que nos encontramos con realidades adversas que no respondían a los esperado, esas ideas hermosas, brillantes, luminarias de la educación, eran un refugio que no se podía abandonar (pues quedaríamos en lo inhóspito), y aprendimos a diferenciar entre lo esperado y lo real, construyendo una explicación justificadora sobre cómo la realidad en que dejábamos nuestra energía, nos fallaba, para afirmar que la realidad se equivocada, y así, poco a poco, nos hicimos de discurso reclamante, y de cierta manera arrogante, pues le pedíamos a la realidad que se ajustara a nuestras ideas panaceicas sobre la educación, en vez de buscarla, comprenderla, reconocerla en su complejidad.[2]

Y con esta herencia cultural, nosotros, los maestros, ya fines de la segunda década del siglo XXI, estamos frente a los criterios del nuevo curriculum 2017.  Nuestra tendencia idílica de vivir la educación, seguramente ya hace su trabajo, es decir, nos hace leer y llenar de sentido idílico -con el estamos familiarizados-, todo lo que se nos va presentando, deambulando por ideas hermosas, poco terrenales, consideramos que lo nuevo, no tiene nada de novedad, que siempre se ha planteado, negando con esto todo cambio en la realidad educativa y curricular. Esto, expresa un grave problema de colocación en la real-realidad educativa.

Algunos autores plantean que este carácter deontológico de la educación nos lleva a trabajar con un “sujeto-idílico”, es decir, que durante nuestra formación, se nos habló y educó sobre un mundo pedagógico, sin situarlo en la realidad, y aprendimos a conceptualizar a los niños, adolescentes, jóvenes desde ideas que nos los dibujaban de un modo tal que los dotaba de cualidades educables, como ser atentos, dispuestos, disciplinados, con buen discernimiento, que se autogobiernen, saludables, que valoren lo que se hace por ellos, etc.

¿Y qué sucede? Nuestro concepto de alumno, ya en vivo y a todo color, se nos cae a pedazos, en el aula, vemos a sujetos que desentonan de esas ideas profundamente instaladas, y por tanto, nuestro esfuerzo por educar y alcanzar el deber ser esperado, se ve afectado por  su socialización primaria imbuida de mundos diversos en tiempo real, que le programan formas de percepción, modos de relación, sentimientos y pensamientos  que nos sorprenden, nos asaltan, al provocar actitudes no esperadas que dan lugar a tramas de vida saturadas de realidad muy ajenas a las que deseamos para un desarrollo  personal social en ellos, quienes, muy a nuestro animado esfuerzo, van siendo guiados por otros sentidos[3] que aún no alcanzamos a entender, quedando al margen como generación adulta, a la que se le escapa esta responsabilidad de educarlos.

Para salir de esta tendencia, necesitamos, por un lado, reconocer que la educación es un asunto de futuro, y por otro, que sucede en tiempo en un aquí-ahora.  Comprender que la formación es un proceso que se despliega en tiempo real, y que todo lo que hacemos en las aulas son apuestas formativas en el tiempo, interferidas por múltiples circunstancias, por ello, se requiere de nosotros una cuidadosa didáctica que ayude a fortalecer las subjetividades en formación, teniendo claro que se irá revelando en el corto y largo plazo de la vida de los alumnos, por ello, el cuidado, preparación, sentido con el que necesitamos hacerlo.

Si hacemos este reconocimiento, podremos dar lugar a nuevas preguntas que superen esa pregunta instrumental fincada en el cómo, e indagar sobre ¿con quién estamos viviendo el proceso educativo en tiempo presente? ¿Nuestros niño-niños son pensados desde ideas idílicas o cómo son en la vida real? ¿Qué problemas tenemos para conocer a los niños? ¿Cómo enfrentar este malestar entre lo que se espera y lo que sí podemos dar? ¿Soy el docente que estos niños necesitan? ¿En que necesito mejorar?… etc, etc.

Dentro de los muchos desafíos formativos que enfrentamos para poner en acción la nueva propuesta curricular, tenemos ésta de reconocer el valor de los principios pedagógicos que definitivamente, no son sólo como un listado de buenos deseos, lo que conlleva a pensar que esta puesta curricular, no solo amerita cursos sobre su estructura, sus lógicas didácticas, sus temporalidades, sino que para realmente ponerla en marcha, necesitamos estudios profundos sobre la educación, pensarla en toda su complejidad teórica, histórica, sus nociones de temporalidad que nos ayuda a mirarla como un proyecto de futuro que se activa en el día a día de la formación, donde nos jugamos el futuro, por ello, con urgencia necesita abandonar esta tendencia de quedarse instalada en viejos conceptos, que la disocian de la realidad.

Si somos capaces de mirar a los niños y reconocerles en su aquí y ahora, en medio de sus circunstancias, en sus formas de aprendizaje de estos tiempos, podremos activar sus fortalezas para contrarrestar otras fuerzas poderosas que los adormecen.  Conocer mejor a nuestros alumnos ayudará a captarlos en la explosión de su subjetividad y sin contenerla, apoyarles para crecer y apropiarse de esos aprendizajes imprescindibles que le permitirán enfrentar los desafíos que su propia época le imponga.

Pero… todo esto no suceder por un voluntarismo ingenuo, para ello´, hay que documentarnos, estudiar, dialogar, aprovechar los espacios formativos de la escuela, que son tan pocos, sólo contamos con los consejos técnicos escolares, y por desgracia, cada día más burocratizados, llenos de formatos por llenar.  Los maestros necesitamos rescatarlos, pues es un día al mes, si bien no mucho, siempre algo se puede hacer con lo que tenemos, y volcarlo de ideas pedagógicas, sin duda, es una ayuda para problematizar, pensar, crear realidad educativa, esa que nuestra infancia necesita con urgencia.

[1] Deontología. (gr. deon: deber, y logos: doctrina, palabra): apartado de la teoría ética, en el que se estudian los problemas del deber, las exigencias y normas morales y, en general, lo que debe ser, como forma de manifestación –específica para la moralidad– de la necesidad social… Lo que debe ser, concepto mediante el cual la moralidad expresa las demandas de las leyes sociales, comprendidas las necesidades de la sociedad y el hombre, toma formas distintas en el mandamiento particular, en la norma general, en los principios sintetizados de la conducta y en el ideal moral y social…la deontología no es una disciplina teórica específica o una esfera independiente de la ética, sino tan sólo determinada esfera de la investigación ética, que tiene planteadas algunas tareas específicas. En el sentido más estrecho se llama deontología a la ética profesional de los médicos, que persigue el objetivo de elevar la eficacia del tratamiento con ayuda de los métodos de psicoterapia, observancia de la etiqueta del médico, &c. http://www.filosofia.org/enc/ros/deon.htm

[2] Zambrano María. “La actitud ante la realidad”. En: Filosofía y Educación. Manuscritos, (Málaga: Ágora, 1965). Subido a Internet en 2007. Consultado en Febrero de 2014, Disponible en: http://mandala7.wordpress.com/2007/10/27/la-actitud-ante-las-realidad/

[3] “Se trata entonces de pensar en la declinación de la escuela; se trata de pensar qué estatuto tiene la escuela en la subjetividad de unos chicos para los que la escuela ya no es la llave para alcanzar el futuro, ni un lugar de fuerte inscripción.” (Duschatzky y Corea, 2002, p. 10)

 

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