¿Por qué necesitamos reflexionar el Modelo Curricular 2017?


 

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Estamos ya próximos a poner en acción el Nuevo Modelo Curricular 2017, ahora con un nombre específico, “Aprendizajes Clave para la educación integral”, título que de entrada nos orienta por modos de significación muy concretos e impide que la propuesta formativa quede tan abierta, al indicarnos que  en esta puesta en acción, necesitaremos previamente reflexionar que entender por  “aprendizajes clave”.  En el documento se le cita así:

“conjunto de conocimientos, prácticas, habilidades, actitudes y valores fundamentales que contribuyen sustancialmente al crecimiento integral del estudiante, los cuales se desarrollan específicamente en la escuela y que, de no ser aprendidos, dejarían carencias difíciles de compensar en aspectos cruciales para su vida…posibilita que la persona desarrolle un proyecto de vida y disminuye el riesgo de que sea excluida socialmente.”[1]

Y leído desde nuestro hacer cotidiano, saturado de ideas estelares[2] sobre la educación que nos llevan por pensamientos que inducen a considerar que esas palabras, ahora organizadas de cierta manera, vuelven a decirnos lo mismo que en el modelo curricular 2011.  Y es cierto, la educación nunca se alejará de esos fines en lo general ya que la formación es una apuesta al futuro que no cambia, el reto será entonces cómo en cada sociedad, en cada circunstancia epocal, se vive el reto de hacer vida esa palabra, como sucede hoy, estamos por enfrentar otra oportunidad para hacerlo, donde el desafío pedagógico va a la altura de la complejidad de nuestro tiempo social, que difiere de la primera década del siglo XXI.

Esto es claro, si la concepción es revisada con apoyo de teoría propia del diseño curricular, donde César Coll, nos comparte la noción de “aprendizajes imprescindibles”, (citado en el Nuevo Modelo curricular), estaremos frente al concepto de “aprendizajes clave” de una manera renovada, y esta comprensión nos invitará a un alargamiento de mirada para poner en acción una práctica docente que vaya propiciando, estimulando una  subjetividad infantil enriquecida de esos contenidos fundantes de otros, de capacidades y habilidades germinales de otras, de  valores y sentidos que guiarán a una nueva generación bien  colocada, bien situada ante las realidades en las que tocará vivir, donde tienen el desafío de seguir creciendo personal y socialmente.

Entonces, no se trata de los mismos fines formativos del modelo curricular anterior, dado que ahora se nos solicita un “hacer-pedagógico” que atienda una necesidad formativa imprescindible que propicie una formación única, esa a que nos inste el alargamiento de mirada que seamos capaces de realizar, que vayamos apenas detectando, reconociendo en el umbral del futuro.  Por ello, no hay nada más incierto que formar personas, y, tal vez, para no sentirnos en terreno tan inseguro, se diseñan los currículos. Visto así, los educadores, sea el lugar donde estemos, enfrentamos la tarea inmediata de analizar este nuevo currículo 2017. ¿Podremos?

En el deber ser, se nos dice que es una herramienta para planear las actividades didácticas y promover esos aprendizajes imprescindibles, y que además, puede ser un insumo para conocer, investigar, reflexionar sobre lo que hacemos y mejorar día a día.  Pero en la verdad-verdad de nuestro hacer, en esta fragua educativa del día a día, tiempo prácticamente frente a los niños ¿Cómo usamos este documento tan importante? ¿Cómo lo conceptualizamos? ¿Cómo lograremos hacerlo pasar del diseño a su realización? ¿En la forma real de “usarlo” podremos poner en movimiento la idea de aprendizajes clave?

Como profesora en grupo, donde he construido una experiencia, donde he visto a otros como yo haciendo sus esfuerzos, y ante lo que ahora me es posible hacer en mis circunstancias laborales, me atrevo a sospechar que nuestro uso curricular  se aleja mucho de lo deseado, y que verlo como un motivo para la autoformación y con ello, el despliegue fecundo de la educación, es algo sin sustento real, ya que esto, exige al docente un “extra”, un “plus” que a veces, resulta imposible debido a una gama enmarañada de circunstancias personales, institucionales y sociales.

Es innegable que el currículo se hace visible a través de nuestras planeaciones didácticas, una tarea docente muy variable, pues existe una gama de posibilidades al respecto, que van desde hacerlas revisando los programas por grado, libros de texto, o comprarlas y adaptarlas, y hasta repetirlas del año anterior, etc. y  cumplir con esta normativa bimestral. Independientemente de este cómo, el hecho de tener ocupado todo nuestro tiempo frente a los niños, planear se hace con premura, en la inmediatez, y esto nos orilla a ver al currículo solo en una de sus dimensiones, lo usamos como Plan de Estudio si bien nos va, o terminamos solo frente a un programa escolar que nos ofrece una organización de conocimientos con los cuales se arma nuestro Plan de Clase, o aún, sólo consideramos los libros, pues al resolverlos, también se accede  a un proceder didáctico que dé garantías de que los alumnos dominan esos conocimientos, y cuando esto pasa, terminamos por de decir que los alumnos están formándose en el grado que nos correspondió, y por ende, en el sentido curricular vigente. ¿Será suficiente esta visión y comprensión del currículo?

Definitivamente hay que responder que no, porque un currículo, si bien tiene que ver con el plan, con el programa, con el plan de clase, con el libro de texto, es más que cada uno de estos elementos tan importantes para el maestro.

Un currículo es un instrumento pedagógico que bosqueja un posible trayecto formativo, es una hipótesis educativa, una necesidad formativa que se sospecha importante ante lo que se vive, y para moverse, urge hacer explícitos los problemas, los sentidos, los objetivos, las tareas, que debidamente argumentadas, bosquejarán las intenciones de un sistema educativo, quien es la instancia responsable frente a una sociedad de promover una educación que se despliegue de cierta manera y con responsabilidad por los implicados en la formación de las nuevas generaciones.

Todos tenemos una idea cuando escuchamos o utilizamos la palabra currículo, sabemos que alude a un trayecto formativo resultante de una acción escolar intencionada y sistemática.  El concepto de currículo como orientador de esos trayectos formativos para cierta época social, implica reconocer su valor como documentos que prevén futuros desenlaces, que perfilan procesos pedagógicos de largo tiempo cuya finalidad estriba en provocar determinados logros en la formación de personas con un alto impacto social positivo.

Por ello, una discusión curricular necesita abrevar de su campo teórico, el cual que se viene construyendo desde mediados del siglo XX, cuando, de frente a los problemas de la posguerra mundial, la discusión sociológica se enfocó sobre la escuela preguntándose sobre los procesos formativos que ahí se fomentaban y cuáles eran sus impactos en la sociedad.   Ir a esta teoría no está demás, todo profesor la necesita, pero por el momento, la conceptualización que nos aportó en los noventas Alicia de Alba, ayuda en la defensa del valor de esta discusión para superar nuestro uso curricular tan disminuido, que induce a una ceguera instrumental.  Ella nos dice:

“Por curriculum se entiende a la síntesis de elementos culturales (conocimientos, valores, costumbre, creencias, hábitos) que conforman una propuesta político-educativa pensada e impulsada por diversos grupos y sectores sociales cuyos intereses son diversos y contradictorios, aunque algunos tiendan a ser dominantes o hegemónicos y otros tiendan a oponerse y resistirse a tal dominación o hegemonía”[3]

Desde esta idea, todo currículo, será el resultado de un acuerdo entre todas las parte implicadas en una sociedad determinada, es decir, que en el proceso de diseño, fueron capaces de concentrar las necesidades, nuevos sentidos nunca ajenos a los valores culturales y las creencias, así como el conocimiento construido, y todo esto, consensado y organizado por diversos grupos y abre otros rumbos a la educación. Por dos años vimos este debate, donde nos situamos desde nuestras capacidades de análisis dado nuestro lugar, experiencia y formación.

Así, un currículo invariablemente nos habla de la necesidad de un cambio social,  demarca  rumbos y para hacerlo se ayuda de otros ámbitos de corte político, y por supuesto, no escapa de verse inmerso en ideologías de desarrollo que no nos gustan, en valores de progreso social que nos gustaría fueran otros, en conceptos de sociedad, de la economía, del avance de la ciencia y la tecnología, que dieron lugar a la definición de perfiles por encarnar las nuevas generaciones, en las que debemos trabajar poniendo en uso el currículo.

En un currículo, al contener una intención formativa, siempre le subyace un debate que no cierra, es tanto lo que se pone en juego, que aunque se da lugar a un consenso, siempre existe alguien que sabe que algo falta y se insiste en ello.  Y en la medida en que se pone en juego, la discusión se acalora por lo que se va viendo, lo que ya se reconoció que hizo falta.  Y ante esto, se necesita estar preparados, saber asistir a este debate, reconociendo que el currículo, si bien abre sentidos ordenantes es también incapaz de contenerlo todo, siempre será el resultado de una selección en medio de un mundo de opciones.

Y será mejor estarlo revisando, discutiendo, verlo como una propuesta en movimiento, lo que exige aprender a situarse en lo esperado de la formación, apreciando los esfuerzos reales, analizando los problemas para hacerlo, las nuevas necesidades que se suscitan, y las dificultades para moverse en medio de ellas.  Pensar, analizar el currículo, nos exige poseer argumentos fuertes, sostenerse en ellos con calidad teórica y ética, aprendiendo a discordar y concordar para construir consenso y así, compartiendo el valor del problema, tomar esas decisiones, las cuales son tan fundamentales al definir el despliegue de las facultades humanas.

Un curriculum, por tanto, es un instrumento fundante, creador de sentidos, y al ser una herramienta clave en la formación de una época, no podemos asistir a su uso sin un análisis, que no será de una  sola vez, sino permanente porque es una construcción donde se juega el futuro, y por tanto, necesita estar vivo en nuestros debates, hacerlo el motivo de nuestras discusiones, para situarlo en el mundo, en medio de los problemas reales que se viven, sacarlo del lenguaje estelar, y lenguajearlo (Maturana) para dotarlo de vida educativa.

Nuestro currículo, amerita de nosotros una mirada en lo corto donde nace, pero a la vez, visualizarlo en el futuro que se espera, ya que la educación se torna un umbral plagado de oportunidades formativas, donde pueden suceder el nacimiento de personas con la calidad racional, emocional, con la cultura teórica y valórica, con la capacidad creativa e inventiva, o no, podemos ir ciegos por esta tarea, y negarles estas oportunidades que les impedirán  vivir con calidad y dignidad en las nuevas circunstancias sociales a las que tienen el derecho de asistir perfectamente preparados.

Definitivamente la educación es una gran responsabilidad… tenemos en nuestras manos el futuro, dicho no ideológicamente, sino con la consciencia del peso de la misma.

[1] SEP. Aprendizajes Clave, (México, SEP, 2017), 107.

[2] César Carrizales hizo algunas indagaciones en el magisterio, y afirmó que damos a algunas palabras un uso excedido en cuanto a la práctica que de ella se pudiera esperar y termina como un  “concepto estelar de la formación”[2], como una palabra que si bien nos avisa de sus fuertes significaciones contenidas en ella, no siempre tenemos acceso a ellas. César Carrizales, “Crítica de la formación crítica”, en: La crítica. Un concepto estelar de la Formación. (México: UAS, 1989).

[3] Alicia de Alba.  Currículum, crisis, mito y perspectiva. (Argentina,Ed. Miño y Dávila. 1998), 3, en: http://www.terras.edu.ar/biblioteca/1/CRRM_De_Alba_Unidad_1.pdf

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