“Observación de clase entre maestros” De lo normativo a la necesidad de compartir nuestra docencia.


 

Para la realización de la Sexta Sesión Ordinaria del Consejo Técnico Escolar 2018, se planteó a los maestros de educación básica, la realización de una actividad que pretende constituirse en una estrategia en la formación pedagógica del magisterio, denominada: “Observación de clase entre maestros” que nos es propuesta como una “…herramienta académica cuyo propósito es resolver una problemática de enseñanza y aprendizaje, previamente focalizada, que ha sido difícil de solucionar en el aula”[1] en el cuadernillo correspondiente.

Para llegar a este momento, se realizaron dos intentos previos.  El primero durante el ciclo escolar 2016-2017, y en la tercera sesión de CTE, donde algunos profesores hicieron presentaciones didácticas sobre el abordaje de ciertos contenidos escolares.  Así, llegó el momento de abrir las puertas de nuestras aulas y permitir la mirada directa de otros como nosotros hacia nuestro hacer en vivo.

Si bien, la actividad, dictada por la autoridad educativa, se concretó en tiempo y forma, no podemos negar la emergencia de pensamientos y sentimientos encontrados en cada uno de los implicados, desde el personal de las inspecciones escolares, los directivos, los docentes observantes, y en especial, lo profesores observados.

A todos nos queda claro que es una actividad que se instala en medio de políticas de cambio, y llega unidireccionalmente para ser acatada, condición que está más allá de nosotros, pero  lleva a preguntar ¿no se contendrá en ésta una experiencia que pueda provocar un  enriquecimiento pedagógico en el  magisterio?  Castoriadis[2] quien nos dijo que vivimos en una sociedad hecha, que siempre nos superará e impondrá, que nos arraiga con su fuerza, pero, donde paradójicamente, nosotros podemos pensar, crear, tener actos de autonomía en dicha heteronomía; de ahí, lo que nos llega no lo podemos eliminar, pero sí pensar, explorar para reconocerle recovecos de libertad en los cuales reconstruirla y orientarla hacia nuestras necesidades de crecimiento profesional.  Por ahí va este esfuerzo de reflexión.

Ya está aquí, llegó para quedarse, y frente a ésta, tenemos opciones, desde obedecer ciegamente los dictados normativos, construir diversos mecanismos de resistencia que van desde oponerse hasta ignorarla, pero también de vivirla como una aventura intelectual, revisarla, pensarla y encontrarle puntos de quiebre a nuestro favor para darle ese giro formativo y profesional que permita salvarnos de quedar atrapados en ella al volverse una práctica más, inerte, burocrática, normativa. Dar este giro no resultará fácil, pero es importante intentarlo.

Para ello, será importante reconocer que los profesores somos parte de un mundo instituido que demanda modos de actuar sin mediar excusas; y ahí, día a día hacemos la educación sobrellevando el peso de una responsabilidad diferenciadamente soportada por todos los implicados; saber, que al micro-mundo del aula, todo llega e invade y nos confronta, pone en jaque nuestras creencias y soportes identitarios cuando finalmente el “deber ser” esperado por los dictados normativos, no corresponden a las expectativas puestas en juego.

Entender que los profesores habitamos aulas donde pasan muchas cosas que se quedan acumuladas en nuestra subjetividad docente, silenciadas al no ser parte del deber ser, y terminan como un cúmulo de anomalías.  Es una realidad viva, y ante ella, nos pasa lo que a Yambo, personaje de la novela de U. Eco, cuya memoria no atina a responder los sucesos del presente,[3] pero si puede narrar sus recuerdos.   Así nosotros, tenemos dificultad para hacer palabra el acaecer cotidiano, pero orientados por ideas del pasado, dan lugar a comentarios de comparación, saturados de añoranza de un tiempo donde todo fue mejor. Nuestro “decir” no es libre, responde a una pesada cultura docente que nos induce a tomar decisiones, como pedir con ingenuidad, que se deroguen las nuevas decisiones institucionales en las que nos vamos insertando por el mismo movimiento de la realidad social que no cesa de cambiar.

¿Abrir nuestras puertas? ¿Cómo si defendemos “la libre cátedra”?  Es conocido que planeamos, damos a conocer por escrito todo lo que haremos en el aula, y finalmente, el resultado es producto de decisiones en in situ, somos llevados por lo emergente y sabemos justificarlo desde nuestra experiencia y formación que dan garantía de que lo que hacemos, por tanto es incuestionable.  Pero toda esta seguridad se agita y entra en zozobra cuando nos dicen que seremos observados provocando preguntas ¿Por qué alguien debe venir a mirar lo que hago?  ¿Con qué derecho podemos observar al otro? ¿Quién puede tener la autoridad de decirme qué o cómo hacer mi trabajo? ¿Está en grupo o lo dice desde la teoría? ¿Será un acto de fiscalización? ¿Se desconfía de mi trabajo? ¿Cuáles serán las consecuencias si lo que hago no es lo esperado?

Preguntas de este tipo expresan incertidumbres y un alarmante estado de duda e intranquilidad, que activa diversas resistencias o peor, la indiferencia como expresión de una creciente desesperanza, esto aun cuando se  cree no pasará nada, que no merece importancia, que todo seguirá igual, negando sin saberlo, la naturaleza temporal de la educación, pues educar es una apuesta de futuro en un tiempo aún sin forma, y, si tenemos esperanza, siempre vamos tras una luz en la penumbra más oscura de la educación, para hacer nacer ahí lo que nos sea posible forjar con nuestra cabeza, manos y pies.

Definitivamente, “Observación de clase entre maestros”, es una propuesta que enfrenta a profesores con un estado de animosidad nada confiado, sino desafiante, y no se trata de negarlo, de ocultarlo, someterlo, o ignorarlo, por el contrario, se necesita comprender cómo el resultado de una argamasa de condiciones que necesitan reflexionarse y abordarse con cuidadosa responsabilidad por cada uno de los implicados, y así, agudizar la mirada para  reconocer el complejo micro-mundo docente, que invadido por fuerzas de cambio en todo sentido, hoy nos presionan y demandan un ejercicio profesional que aún no entendemos pero que necesita movilizarse con urgencia.

Hay que partir de la idea de que los educadores, somos personas de carne y hueso, no cambiamos como una máquina a la que se le programa; somos un nudo amorfo de saberes, emociones, valores, sentidos de vida, problemas diversos que enfrentamos a cómo podemos; tenemos una valía que proviene de nuestra formación y experiencia cualquiera que ésta sea, y también de una epopéyica  auto-estima que proviene de un pasado glorioso que nos narra como seres humanos con una profesión trascendente para el desarrollo social.  Nos sabemos y sentimos importantes, nos lo dice nuestra historia magisterial, social y profesional, pero lo desdicen nuestras circunstancias actuales, donde esta valía es lastimada por el aguijón del desajuste entre nuestro ser-hacer y la real-realidad socio-educativa, donde algo pasa, algo no embona bien.

La propuesta mencionada, llega por la vía institucional, y con su fuerza normativa, se nos impone como una tarea más.  Esta condición, de entrada provoca tensiones y problemas que terminan por favorecer ese viejo malestar docente trabajado por Esteve,[4] quien nos dijo hace tiempo que crece entre nosotros una fuerte incomodidad al percibir cómo se nos pide la realización de tantas cosas, y luego se nos responsabiliza de sus resultados, se nos hace sentir que no hacemos bien lo que hacemos cuando lo hacemos en circunstancias adversas, y solos.

Y si bien, esta forma de llegada no se puede cambiar, sí la forma de operarse, partiendo por  comprender la realidad de la práctica docente, la cual es imparable, agotadora, nunca se detiene, que siempre sucede en un aquí, y en un ahora, en medio de sucesos a veces indecibles, en la intemperie del acaecer del tiempo histórico que arrítmico, heterogéneo y desigual se impone y sin tener mucha consciencia de ello, nos coloca en los desenlaces de la vida educativa, que impacta todos los ámbitos sociales.

Cargamos una responsabilidad enorme, por ello, es urgente meditar sobre los problemas que influyen y quiebran nuestro esfuerzo personal y profesional, ya que el maestro hace lo que sabe hacer, pero ese hacer, sin saber cómo,  se pone a prueba en el movimiento mismo de la realidad, y nos va diciendo que algo se va desajustando, que ya no se logra lo mismo que antes, que se tiene que trabajar más y más, presión que provoca angustia, malestar, fatiga, enojo, y lo peor, esta sensación de insuficiencia de las que nos habla Erhenberg[5] quien nos explica que la acelerada mutación del mundo nos coloca en un implacable re-aprender para estar a la altura de las tareas actuales, y al no poder hacerlo, experimentamos una sensación de insuficiencia que atenta contra nuestra autoestima encarnada desde el viejo Normalismo, que nos inyectó la idea de un educador que encarna una imagen apostólica, salvadora de almas al llevarles la experiencia de la educación, y parece que ya no es más…

Esta insuficiencia nos lleva a percibir un desencuentro entre cómo hablo de mí, cómo me veo a mí mismo y lo que sucede a nuestro alrededor, donde se habla de un modo diferente sobre quien creemos ser y hacemos, provocando un desencanto profesional y personal que enciende diversas emociones, aportan intranquilidad y nos colocan en una permanente vigilia que agota, cansa y orilla a construir estrategias de sobrevivencia y se añora aquella docencia apasionada.

Mucho tiene que ver nuestro lenguaje profesoral, aprendido en el trascurrir de nuestra formación y por los diversos espacios educativos donde ha transcurrido nuestra vida profesional, donde es adornado de palabras idílicas, brillantes, luminosas que narran lo maravilloso de nuestro trabajo en las aulas.  Al pronunciarlas, nos volcamos sobre los gloriosos desenlaces de otros tiempos, y descansamos de la dura vigilia que impone el presente, donde también insomnes, no dejamos de experimentar torpezas, inseguridades, ideas fallidas, que para nuestra desgracia, no encuentran en nuestro haber lingüístico, esas palabras exactas para ser narradas, y al ser situaciones que desentonan del deber ser esperado, se callan, refugiándolas en un silencio lastimosamente perturbador.

Y llegamos a terminar manejando un doble discurso,[6] es decir, podemos ser sensibles al acontecer real, avivar el drama de sentirnos insuficientes sin saber por qué con sus costos existenciales, pero a la vez, no hablar de ello, preferir utilizar el de la educación para hablar idílicamente sobre el “mundo-vivo” del aula, palabras que no concuerden con lo que sucede realmente, pero al ser lo esperado por el deber ser, no se cuestiona, pero finalmente, es un discurso que encubre otro, que no sabemos decir.

Y surgen preguntas: ¿Qué tendremos qué hacer para salir de esa disociación? ¿De qué estrategias tendremos que valernos para narrar cómo es el verdadero acontecer de nuestra docencia?  ¿Abrir nuestras puertas y mostrar lo que ahí acontece puede ayudar a reconocer esta insuficiencia pedagógica tan normal por el movimiento del mundo, verla como una anomalía de nuestro tiempo que necesitamos enfrentar?

Es apremiante pensar e instalar nuevos modos de apoyar a la docencia, las formas que conocemos ya son obsoletas, necesitamos idear nuevas maneras e ir por otros rumbos, ir al encuentro amigable de esa importante persona, llamada: maestra, maestro[7] y para ello se necesitan cómos que aborden con actitud comprensiva estos pliegues y despliegues de nuestra docencia.

No se está frente a una tarea sencilla, pero si, frente a profesores que aún creen en su valía social, quienes sin embargo, necesitan explorar cómo es que hemos llegado a un punto donde esto que somos, necesita moverse rápidamente para continuar con nuestra empresa tan humanamente delicada.   Y este descubrimiento no puede esperar, tenemos en las aulas a los niños, los adolescente, los jóvenes y ellos tienen necesidades de desarrollo impostergables y a la vez tan ajenas a las nuestras como maestros, pues nosotros respondemos a otras generaciones, (muchos ya tenemos una larga estancia en la educación), y todo esto hace la tarea más compleja, por un lado, está la urgencia de la educación que ellos necesitan y por otro, el reto de movilizarnos para ir juntos por esta travesía. ¿Cómo hacer esto?  El reto pedagógico, institucional, político, económico, social y personal es enorme.

La SEP, instancia que encabeza este desafío, necesita desplegar acciones en diversos ámbitos dando lugar a un ethos formativo capaz de influir y apoyar al maestro en el aula, y de hacerlo se sentirá menos solo, construyendo día a día la fortaleza para vivir la responsabilidad saberse frente a otros con quienes comparte los fines de una educación, que habrá que poner en movimiento para lograrlo, ya, sin mediar excusas, pues se nos juega el futuro.

Esto de abrir las aulas y permitir que nos observen, aceptar que “los otros que nosotros somos”, como afirmó Paz aprecien el modo personal de ejercer la docencia, definitivamente puede ser una excelente herramienta en la formación de profesores; esto será así, si somos capaces de reconocer los beneficios que ya están  germinales en ella;  también será posible si se puede comprender su impacto en el corto y largo plazo, pues no se trata de una varita mágica; e igual, será benéfica si se asumen los retos formativos en los que nos coloca como maestros, pues ameritará enfrentar nuestra propia cultura del silencio, aprender a dialogar sobre “el tiempo-vivo” de la docencia con argumentos sólidos, con ideas teóricas que abran nuevas perspectivas, opciones, caminos por recorrer, que si lo hacemos, iremos cada vez más acompañados.

La actividad puede defenderse desde la teoría que habla del valor de la narrativa.  Ya desde hace tiempo se planteó que provocar la narrativa en los sujetos, que invita y recuerda que dentro de nosotros tenemos mundos de vivencias que esperan ser liberadas mediante la palabra, que esas vivencias nos “cuentan”, y dicen quién y cómo somos.  Saber que podemos hacer esto, sentir la libertad de “contar-nos” historias que nos construyen, podemos emerger del silencio, y así sentirnos más vivos.  Esto de narrar-se, volverse sobre sí y contar cómo nos va en la vida –en este caso profesional-, favorece una experiencia de sí, es decir, al hablar de sí mismo, podemos auto-observarnos, y así, descifrar e interpretar lo que se hace, las opciones que se tienen, lo que se decide, y tener esta oportunidad hace que algo nos suceda,[8] auto-revelarnos es quizá una necesidad íntima, hablar, volvernos hacia nosotros conlleva “dar luz” a lo que se guarda en el interior, se hace visible logrando un momento de lucidez que pueden compartirse, ya mediante la palabra u otras formas.

Definitivamente la “Observación de clase entre maestros” es una decisión normativa, que bien abordada, puede ayudarnos a recordar este deseo de salir del lenguaje hecho, de buscar ese decir que exprese nuestra singularidad, y así narrar nuestra “vida-educativa”, única e irrepetible, pues nadie puede hacerla como cada uno sabe, por lo que podríamos preguntarnos animosamente ¿no será una experiencia de nacimiento profesional? ¿Podríamos sentir la necesidad de hacerlo más allá de la imposición?

Estamos frente al reto de provocar el reconocimiento de una necesidad guardada muy adentro de nosotros, de recordarnos que somos sujetos deseantes de más vida, en este caso, vida-educativa, ese ámbito donde se despliega una gran parte de nosotros mismos, pues no solo somos profesores.  Hacer esto impone varios reconocimientos para enfrentarlos, porque nada sucede por voluntarismo, ni por arte de magia, sucederá por nuestro esfuerzo puesto en ello y las acciones que se deriven.

De tal modo, que se podría iniciar, reflexionando esta condición de ser sujetos instituidos, es decir, que no somos libres, que nos “hablamos” con un discurso hecho, construido desde nuestro paso por el normalismo, por toda nuestra experiencia acumulada, hasta tornarse un lenguaje que nos  gobierna, nos dicta modos de proceder, de pensar, todo siempre desde un “deber ser,” con mensajes hechos sobre la educación, valiosos sin duda, porque atrapa experiencias de otro momento social, pero que al usarlo hoy, desdeña la emoción, los sentimientos encontrados, las preguntas, y deja en silencio el acontecer que no se apegue a esas palabras idealizadas de otro tiempo.  Por ello, mucho de lo que nos pasa, queda silenciado, pues como afirmó Sor Juana “…el callar no es no haber qué decir, sino no caber en las voces lo mucho que hay que decir.” [9]

Por tanto, una manera de hacer nuestra esta actividad, es actualizar esas palabras que con las cuales hablamos de la educación, es tiempo de explorarlas, abrirlas, enriquecerlas, situarlos en el Hoy, y con ellas, llenas de presente, re-aprender a hablar de nuestro hacer pedagógico colocándonos de manera real y pertinente en los rumbos de la vida social, donde urge una educación invadida de “inéditos viables” como anunció Freire.

Un segundo esfuerzo consiste en enriquecer nuestro lenguaje dado, y así poder narrar el acontecer del aula. Y para ello, necesitamos-necesitar leer, abrevar de la cultura teórica que aporte un lenguaje abierto que aporte esas palabras que sí describan y nombren lo que nos pasa, palabras adecuadas para compartir, para saber decir lo que sucede, y con ellas captando que no sólo nos pasa a nosotros, sino que son circunstancias que juntos podremos enfrentar con ética y pertinencia.

Otro aspecto importante, radica en reconocer en que no todos estamos listos para abrir nuestras puertas, que al tener grandes desconfianzas, inseguridades, y hasta inmadurez al lanzarnos sin pensar a la actividad, es algo valioso de considerar.   Por ello, habrá que buscar a esos maestros más entusiasmados, y ayudarles a vivir este reto nada fácil, pues irrumpe nuestra cultura del silencio, de la libre cátedra, y exige prepararse, hacer explícito su proceder didáctico y pensar en cómo compartirlo para tornarlo una experiencia enriquecedora.  Estos maestros no pueden ser lanzados a la actividad por un dictado autoritario de “te toca”, sino por una invitación y un acompañamiento que lo prepare y conozca la magnitud de la responsabilidad, que bien realizada, movilizará experiencia, conocimientos, sentidos, después de ella, nada podrá ser igual.

Tener claridad académica en la actividad, es decir, que todos los implicados eviten burocratizarla, no aplicarla como normatividad.  Se trata de propiciar un contar-nos, cómo nos va en la vida educativa, haciendo de ella una actividad única e irrepetible; el maestro observado estará ahí porque quiere, porque fue capaz de detenerse, asomarse hacia sí mismo, narra su hacer pedagógico, hablarnos de sus decisiones y problemas, etc., y los otros, con la mirada atenta, al verle, se miran a sí mismos, siendo capaces de sentir necesidad de vivir la misma experiencia, pues recuerdan el valor que tiene hablar de nosotros mismos, nos recuerda que somos personas únicas, y narrar-nos es dejar nuestra huella en la vida.   Realizar esta actividad, necesita de una fuerte dosis de credibilidad, asombro y osadía en todos los implicados, sentir curiosidad y el valor de adentrarse por procesos por explorar, aventurarse por los caminos de la educación hacia los posibles desenlaces en los que se cree.

Y podrían plantear más argumentos, la actividad es defendible pero el escrito se ha vuelto más largo de lo esperado. Cierro por el momento, apostando que esta actividad institucional, impuesta, no deseada, contiene zonas por explorar, como lo es este deseo íntimo de narrar, de lenguajear, de sentir la libertad de las palabras para contar cómo vamos resolviendo la existencia.  Me quedo pensando que la actividad puede provocar un acercamiento pedagógico entre maestros por el deseo y necesidad de compartir cosas que urge dialogar, que favorece la reunión genuina, para hacer la docencia un acto más acompañado, menos solitario, pues su naturaleza es inminentemente social, por tanto, vivirla en la soledad, es ir contra su propia naturaleza.

Pero, será una actividad buena para nosotros, si la analizamos a fondo y la rescatamos de la burocracia educativa, de la incredulidad, del sin deseo que a veces nos invade –con justa razón a veces-, si lo hacemos, logrará instituirse como actividad que puede llegar a movilizar nuestra docencia.

[1] Consejo Técnico Escolar. Aprendizaje entre Escuelas. Una Propuesta de Desarrollo Profesional para la Mejora de las Prácticas Docentes. Cuadernillo. (México, SEP, 2018), 5.

[2] Cornelius Castoriadis. Poder, política, autonomía. http://www.cuestiondepiel.com/castoriadis.PDF

[3] Umberto Eco,   (México, Lumen, 2005).  En la novela “La misteriosa llama de la reina Loana” un día, Yambo se despierta teniendo memoria de cosas que no tiene que pensar, que desde que nació se inscribió en ellas y vienen a su cabeza sin problema, pero situarse en su presente, saber quién es y qué hace ahí, no le es posible captar el acontecer, los sucesos del presente.

[4] José M. Esteve. El malestar docente. (España, Paidós, 1995) 20.

[5] Alain Erhenberg. La fatiga de ser uno mismo. Depresión y sociedad. (Buenos Aires, Nueva Visión, 2000).

[6] En la sesión del día 27 de abril, algunas profesoras de primer grado, sensibles a esto, hablaron de cómo esta actividad nos situó en una especie doble moral, es decir, tener que hablar bien, para no lastimar al docente observado, es decir, que sabemos decir bien, lo que en realidad miramos, por eso, es mejor callar, que no se nos haga hacer esto, cuando hablar de la realidad, no es hablar mal de nadie.

[7] Esto del género no me gusta abordarlo así, poniendo “a” u “o”, creo que es más que letras, pero para no ir desactualizada en ese discurso, lo hago. Me parece que el asunto es profundamente cultural y ahí la educación tiene una gran tarea pendiente.

[8] Jorge Larrosa. Tecnologías del yo y educación, en Poder, escuela. subjetivación, (Madrid, La Piqueta 1995)264-273.

[9] Sor Juana Inés de la Cruz. Primero Sueño y otros Textos. (México, Editorial Losada, Océano, 1998), 185.