El valor pedagógico del nombre propio.


 Luz Divina Trujillo

Septiembre de 2019

 O la importancia de llamarse Ernesto… (parafraseando a Oscar Wilde)

 La obra de Wilde habla de la confusión que tiene cuando uno se nombra de un modo sin asumirlo, y divertidamente, nos coloca en el reto de ser responsable con el significado que nos aporta ese grupo de letras, y que de alguna manera, informa a los demás, algo de nosotros.

Personalmente recuerdo el reto que ha sido para mí llevar mi nombre; no es usual sin ser el único (en la red he visto a otras personas con mi nombre).  Desde niña, tuve problema con esta forma de llamarme, pues les he de contar, que yo era una niña pecosa, delgadita, pequeña, de pelo largo, calladita, muy tímida, y lo que más me encantaba era pasar desapercibida, perderme entre todos los niños en el fondo del salón, y cuando se pasaba lista, mi nombre parecía retumbar en el espacio y me sacudía,  ser nombrada llamaba la atención y me sacaba de mi agradable anonimato.

No es el lugar para contar, pero sí diré, que en esos tiempos, grandes situaciones ensombrecían mi vida infantil, por ello mi gusto de pasar inadvertida por la mayor parte de mi caminar escolar y social.  Pero con el tiempo fui entendiendo el valor formativo que tiene el nombre, con el tiempo lo asumí con responsabilidad y sin sentido religioso –aclaro-.

Hoy, convivo en varios espacios, y cuando tengo que decir cómo me llamo, lo hago con tranquilidad y sencillez, digo, soy “Luz Divina”, y ya.  En muchas ocasiones me dicen, que tengo un bello nombre y lo agradezco, pero otras,  cuando asisto a un grupo, donde no me conocen, he observado que cuando me nombran por alguna razón, solo dicen  “Luz”, noto el esfuerzo que tienen para nombrarme de manera completa, y cuando tengo la oportunidad, vuelvo a repetir mi nombre completo, hasta que se va entendiendo que soy “Luz Divina” y así lo  vivo  tratando de ser congruente y responsable, colocándome a como se necesita dado el lugar al que vaya.

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Con esta introducción personal, quiero indicar el valor formativo que tiene nuestro nombre, resaltar que esta forma en que fuimos nombrados al nacer, define en gran medida este proceso de constitución de “nuestro yo”, que esas letras organizadas de un cierto modo, dicen mucho de quien somos ahora, fuimos, y quien somos capaces ser durante el resto de nuestra existencia, y que tal vez, hasta perdure más tiempo que nuestra vida física (Unamuno le llama trascendencia[1]).  Ese grupo de letras, cuando nos nombran, nos llaman desde adentro, y se torna una argamasa de signos que nos acompaña por toda nuestra vida, y que al ser expresado ya en forma oral y/o escrita, condensa nuestra historia, y da pie a lo que sigue, por ello el valor personal y social de su adecuado reconocimiento pues nos dará presencia frente a los demás por el resto de nuestra vida.

He investigado algunas propuestas didácticas, las hay interesantes[3], sin embargo, considero que más que usarlo como un instrumento para la enseñanza desde un grupo determinado de pasos que hacen que los niños lo reconozcan, lo escriban, aprendan letras desde él, también es pertinente pensarlo como algo más complejo que tiene que ver con un trabajo personal que toda persona necesita hacer para hacerse cargo de sí mismo.  Puede haber gran cantidad de personas con el mismo nombre, pero no es lo mismo llamarse igual, que vivirlo, esto último hace la diferencia, por ello entender que la combinación de grafemas no nos define, sino que es la forma singular, única de encarnarlo, lo que nos hace personas diferentes y únicas, que este “yo soy”, “heme aquí”, nos coloca ente los  otros, e impide extraviarse en la vastedad del existir, como en la “La importancia de llamarse Ernesto” de Wilde.

En el primer grado –sin ser el único espacio escolar-, se tiene la oportunidad de avanzar en este trabajo de construcción del yo-identitario, que es asunto de vida de los niños, hablar de su nombre, pensar quienes son, quien se los puso, por qué, reconocerlo entre otros diferentes y otros de escritura idéntica en el mismo espacio, pero aprendiendo a saberse diferentes, pero juntos, donde podemos acordar, discordar en la construcción de algo llamado, colectivo, tan importante para la vida social.

El nombre, por tanto, es un contenido del curriculum escolar, y aporta una riqueza de aspectos a trabajar, siendo uno de ellos, el abordado anteriormente, tal vez el más crucial, sin perderse de los otros como son la riqueza de los signos que lo conforman, que tornados grafías, permiten su escritura y lectura como acto social, leer y escribir el nombre propio, ayuda a reconocer pertenencias por ejemplo, aporta orden, e inevitablemente nos coloca en este asunto de la enseñanza de la formalidad de la lengua escrita, sin que pase  por el proceso de adquisición de la lengua escrita, ya que el nombre se escribe como es formalmente, el niño lo escribe copiándolo, y pasado el tiempo, descubre qué letras lo integran.  Lleva tiempo la conciencia fonética de su escritura, sin que sea un impedimento para hacerlo.

Cuando llegan al primer grado, algunos niños ya lo escriben con formalidad (Mayúsculas de preferencia, y no sé por qué sucede esto, ¿será preescolar quien promueve esta escritura así?) otros lo intentan, con resultados ilegibles, pero se enfrentan al orden invariable de sus letras, hasta mecanizarlo, memorizarlo. Por tanto, el reto es abordarlo en esta doble dimensión, la identitaria y como contenido que ayuda a introducir al mundo formal de la escritura, utilizando para ello, métodos al respecto.

 

Qué podemos hacer para agrandar la experiencia de abordar nuestro nombre?

Trabajar con el nombre propio es imposible hacerlo desde una secuencia prestablecida, pues es el nombre de cada uno y queda sujeto a muchas circunstancias que provienen de la misma realidad áulica, de lo que los niños son, lo que saben, sus niveles conceptuales, sus aptitudes y actitudes para el aprendizaje, de los tiempos, de las necesidades propias, de contar con materiales, de  tantas cosas, por ello, aquí esa idea de método como “camino dado a seguir”,  no aplica mucho, ya que puede encerrarnos en un cómo e impedir experimentar con lo que hay, y construir a partir de eso.

En mi caso, lo he trabajo desde algunos criterios que permitan abordarlo a lo largo del año, utilizándolo con diferentes motivaciones dependiendo de la necesidad, por ejemplo al inicio, ante niños presilábicos, partirlo en silabas, desarmarlo y armarlo es excelente, otras tan solo identificarlo y con ello, auto-identificarse, depende en que momento del proceso vamos caminando.  A continuación algunas ideas y actividades, que sé los maestros hacemos desde diferentes formas y sentidos. Estos son los míos.

  • Hacer su carpeta personal para archivar sus trabajos, pasa de un folder cualquiera, a un objeto con su nombre, y ahí, almacena todo lo que realiza, evita que se pierda, se destruya, lo puede cuidar atesorando  sus esfuerzos, ve sus logros  contenidos en una carpeta, donde ve con orgullo su nombre a lo ancho de la misma.
  • Leer su nombre en un pequeño cartel, escribirlo, e intercambiarlo con algunos compañeritos, para el que el escriba el nombre de ellos y ellos, el de él, le ayuda de ver que no es el mismo que se llama de un cierto modo, pero aunque se pronuncie igual, se escriba igual, no son los mismos. Así mismo, cuando tiene la oportunidad de colocar sus nombres en el pizarrón entre todos los demás, reconocerlo, le aporta seguridad, sabe que es él y no otro.
  • Escribir su nombre en cada oportunidad de hacer sus trabajos sueltos, antes de iniciar y al terminar lo archive en su carpeta personal, así, si se cae, o se pierde, puede recuperarlo.

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  • Investigar sobre su nombre: pregunte a sus padres por qué le pusieron ese nombre y nos lo cuente, puede llevar un dibujo, o la historia de su madre escrita y el “leerla”, es decir contando lo que ella le dijo, etc. tener un conocimiento colectivo a partir del conocimiento individual.
  • Repasar (Repaso-escritura-1), en caso necesario su nombre, pues tenemos niños con una escritura garabateada, donde las grafías no tienen la forma convencional, y el repaso ayuda a orientarles en este acto de copiado tan importante para dar formalidad a su nombre.
  • Escribir, con cierta frecuencia su nombre en el cuaderno –no muchas, de 3 a 5 veces podría ser, lo que importa es la calidad, no la cantidad), para aprovechar el trazo, si lo hace aun con deficiencias, puede volver a escribirlo dos veces más sin que esta tarea lo agobie, pero sí cuide la calidad de su escritura.
  • Analizar el nombre en sílabas, o en grafías para realizar actividades de armado y desarmado (Nombre_silaba-letras-ejemplo) le da la oportunidad de pensar que su nombre se conforma de partes, y dependiendo del nivel conceptual, verá que son sonidos vocálicos o de grafías, lo que le ayuda en este proceso y le enriquece su repertorio de grafías para la escritura libre.

Trabajar con el nombre propio, nos exige a los docentes, verlo como un contenido que se cruza con todo lo que vamos haciendo a lo largo del año, y da satisfacción,  ya cerrando en el mes de junio, verles escribir su nombre completo, con la debida formalidad y escucharles decir con orgullo: “Me llamo…” si logramos esto, avanzamos en este proceso de auto-conocernos más, de asumir el reto de  nuestra particulariad, con toda la grandeza humana que nos sea posible.

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[1] Unamuno, Miguel de. El sentimiento trágico de la vida. Porrúa, México, 1999, p.3-12.

 [3] Hay lugares tan alejados e inhóspitos para la educación, que usar un método teniendo el nombre como eje, lo justifica, la pobreza lingüística y de experiencias de alguna manera se enriquece trabajando didácticamente desde el nombre, desde él se puede llevar a ellos el alfabeto, y acceder al código lecto escrito, como lo hace CONAFE, con “Aprendo con mi nombre. Guía para enseñar a leer a partir del nombre propio” de, verlo en: http://www.conafe.gob.mx/companero-viaje/conafe-fomento/Documents/aprendo-con-mi-nombre.pdf, consultado en agosto de 2016.